Hace más de cien años, unos pescadores departían en el comedor de una posada junto al mar en Escocia, intercambiando anécdotas de pesca.
Uno de ellos hizo grandes gestos para describir el tamaño de un pez que había escapado. Su brazo chocó contra la bandeja del té que llevaba la sirvienta y la tetera salió volando hasta pegar contra la pared blanca, donde su contenido dejó una mancha indefinida de color marrón.
El dueño de la posada examinó el daño y se lamentó: «Voy a tener que volver a pintar toda la pared».
«Tal vez no», sugirió un extraño. «Permítame trabajar en la pared».
Como no tenía nada que perder, el propietario aceptó la singular oferta. El hombre buscó su maletín de artista y de allí sacó lápices, pinceles, óleos y pigmentos. Trazó unas líneas alrededor de las manchas y aplicó sombras y colores entre las salpicaduras de té. Después de un tiempo comenzó a surgir una imagen definida: Un venado con una cornamenta formidable. El hombre puso su firma en la parte de abajo, pagó su comida y se fue. Su nombre: Sir Edwin Lanseer, famoso pintor de la vida silvestre.
En sus manos, un error se convirtió en una obra maestra. Las manos de Dios hacen lo mismo, una y otra vez. Él pinta encima y alrededor de los borrones dislocados de nuestra vida y los convierte en una expresión de su amor. Llegamos a convertirnos en obras maestras por «las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros» (Efesios 2.7).
Recibe la obra de Dios. Bebe hasta el fondo de su manantial de gracia.
Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para
buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para
que anduviésemos en ellas.
—Efesios 2 .10