Stephanie Fast nunca conoció a su padre. Ella sospecha que fue un soldado estadounidense, posiblemente un oficial que peleó en la guerra de Corea que comenzó en 1950.
Existe la posibilidad de que todavía viva, pero no hay forma de saberlo con seguridad. Me las arreglé para localizar a Stephanie, la dueña de esa voz efímera de la radio, y un día volé desde Denver hasta su prolija casa, ubicada en un barrio con mucha vegetación en el noroeste del Pacífico, a fin de conocerla. Stephanie es pequeña de estatura, su cabello negro le cae en hondas sobre los hombros, y tiene ojos almendrados y vivaces. Darryl, su esposo, un amable antiguo misionero, nos trajo un poco de café y nos dejó solos en la sala para que charláramos a nuestras anchas. Con una suave cadencia asiática en su voz, Stephanie piensa un poco antes de responder a mis preguntas. De vez en cuando mira hacia los lados como si volviera a vivir la experiencia que está tratando de describir. Otras veces se inclina hacia adelante gesticulando con las manos, como solicitando comprensión. Sentado frente a ella, inicié la conversación con un comentario simple: —Creo que usted y yo nacimos alrededor de la misma fecha.
—Yo no sé exactamente cuándo o dónde nací —replicó con un encogimiento de hombros—. Posiblemente fue en Pusan, ya que me han dicho que tengo el acento de esa región. ¿Pero cuándo? No lo sé, aunque creo que fue por la misma época que nació usted. —Mi primer recuerdo —le dije— es de cuando celebré mi tercer cumpleaños. Mis abuelos en Florida me regalaron un bote de madera que olvidé cuando regresamos a Chicago. Me sentí miserable —comenté con una sonrisa—. Esos son los traumas de un muchacho blanco de la clase media que creció en un barrio suburbano en los años cincuenta. Estoy seguro de que sus recuerdos son muy diferentes. ¿Qué es lo primero que recuerda? Pensó por un momento y luego sonrió. —Yo tendría la misma edad, tres o cuatro. Estábamos en la fiesta de las cosechas en Corea cuando los miembros de la familia vinieron a la casa de sus ancestros. Todo era muy divertido —los dulces, los juegos y la hermosa vestimenta que se usaba— pero en medio de todo eso recuerdo vívidamente a mi madre muy triste y apenada. —¿Sabe por qué estaba así? —Bueno, esa noche oí a los miembros de la familia discutir sobre la decisión que ella tenía que hacer en cuanto a su futuro. —¿Qué clase de decisión? —Después de la guerra de Corea, en aquel país no había lugar para los niños birraciales. Esa noche a mi mamá se le dio la opción de un matrimonio… y yo no formaba parte de esa opción. Los miembros de la familia dijeron que habían encontrado a un hombre que estaba dispuesto a tomarla, pero no podría llevarme con ella. Para mi mamá, la decisión era: “¿Quiero un futuro? Si lo quiero, no puedo llevar a esta chiquita”. Hubo mucha discusión y vergüenza y culpa. Recuerdo a mi mamá llorando mientras me mantuvo en sus brazos toda la noche. —¿Era por cuestión de discriminación contra los hijos nacidos fuera del matrimonio? —Sí, especialmente los niños birraciales. Nosotros les recordábamos una guerra horrible. No conozco la palabra en inglés, pero los coreanos tienen una fuerte convicción de la pureza, y cuando yo era una joven lucía diferente a los demás niños. Mi pelo y el color de la piel eran más claros. Tenía un pliegue en los ojos que la mayor parte de los coreanos no tienen y mi cabello era rizado y revuelto, lo que es inusual entre los coreanos. Así que todo el mundo sabía que era mestiza. —¿Cómo terminó este drama familiar? —Mi madre decidió que me entregaría al cuidado de alguien. Que yo iría a la casa de un tío. Así fue como, dentro de unos pocos días, recuerdo haber ido caminando con mi madre por un camino de tierra hacia la ciudad. Nos encontramos esperando la llegada de un tren. Yo nunca había visto uno. A una pregunta que le hice, mi madre me contestó: “En ese tren te vas a ir a casa de tu tío”. Cuando el tren llegó, mi mamá y yo subimos. Por aquel tiempo los asiáticos llevaban su equipaje en atados dentro de un paño que se echaban a las espaldas como mochilas. En el atado mío iba un almuerzo y un par de mudas de ropa. Mi mamá lo colocó en una repisa sobre nuestras cabezas, se puso de rodillas ante mí y me dijo que no tuviera miedo, que ella tendría que bajarse y yo seguiría hasta llegar a mi destino, donde mi tío me estaría esperando. Dicho eso, descendió y se fue. —¿Qué pasó entonces? ¿Estaba su tío esperándola? Stephanie se mantuvo en silencio. Luego, lentamente, movió la cabeza de izquierda a derecha y dijo: —Nadie me estaba esperando.
«Basura, mugre, bastardo, demonio extranjero»
Ahí estaba una niña pequeñita, abandonada y perdida en un lugar aterrador y peligroso, que parecía predispuesto a rechazarla: un lugar sin la gracia. —Debe de haberse sentido presa del pánico —le dije a modo de comentario. —No al principio. Pensé: Me quedaré en la plataforma, esperando que llegue mi tío por mí. Sin embargo, cuando cayó la noche, los trenes dejaron de circular. El jefe de la estación, al verme, me preguntó qué estaba haciendo ahí. Le dije que estaba esperando a mi tío. Y esa fue la primera vez que me llamaron tuigi —confesó, casi escupiendo el epíteto, pronunciado teegee. —¿Qué quiere decir esa palabra? —Es un calificativo muy ofensivo. Básicamente significa mestizo o hijo de dos sangres, pero es más que eso. De alguna manera quiere decir basura, mugre, bastardo, demonio extranjero, todas esas connotaciones juntas. Resulta extraño, estoy segura de que mi mamá tiene que haberme dado un nombre, pero no lo puedo recordar. —¿Y entonces, en cierto sentido, tuigi llegó a ser su nombre? —Sí. Fue como si mi identidad comenzara ese día con tuigi: basura, bastarda. Así me llamaban. —¿Qué pasó después? —El jefe de estación me echó, así que me fui. Al poco rato de andar encontré una carreta que estaba apoyada en una pared. Me subí a ella y ahí pasé la primera noche. Junté un poco de paja y comí algo de la comida que me había preparado mi madre. Traté de dormir, pero los ladridos de los perros y otros ruidos extraños y sonidos susurrantes me asustaban. Sin embargo, aunque tenía miedo, no fui presa del pánico. —¿Incluso a esa edad? —Yo confiaba en mi mamá, y de alguna manera en mi mente pensaba que mi tío vendría. Dudé antes de hacer la siguiente pregunta, pero terminé diciendo: —Hoy, al mirar atrás, ¿cree en realidad que había un tío? Ella no se inmutó. —Honestamente, no tengo idea. Quizás ella en verdad me estaba confiando a alguien y solo fue que me bajé en la estación equivocada. No obstante, en aquellos días en Corea no era extraño que las madres abandonaran a sus hijos, en especial si eran birraciales. A veces no podían soportar el acoso, el estigma social y el cruel ostracismo al que se les condenaba. A menudo, dejaban a los hijos en las estaciones del tren u otros lugares públicos. —¿Significa eso que hasta el día de hoy usted no sabe cuáles eran las intenciones de su madre? Bajó la mirada. —No —dijo. Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos—. Pero quiero pensar lo mejor de ella. Tengo que hacerlo. ¿No lo ve? Supongo que todos los huérfanos piensan de su madre como si fuera una princesa. Mi mamá estaba bajo una tremenda presión. No hay duda de eso. Su futuro dependía de la decisión que tomara. —Entiendo —le dije. Pareciera que todos queremos creer que nuestros padres tienen las mejores intenciones. —El día en la estación del tren comenzó para usted una odisea. ¿Cuánto tiempo duró? —Me las arreglé sola por lo menos durante dos o tres años. Si hubiera permanecido en la ciudad, había organizaciones que estaban empezando a rescatar a los niños birraciales, pero yo siempre viví en las faldas de las montañas y las aldeas. Una pequeña vagando sin rumbo durante años. ¿Qué cosas no habrá enfrentado? Mis pensamientos volaron a Penélope, mi preciosa nietecita, con su dulce sonrisa y su amor espontáneo por la vida. Ella está muy protegida, es muy inocente, muy tierna… y muy dependiente de su familia para todo. —Tengo una nieta de cuatro años —comencé a decirle. —¡Oh! ¡Yo también! —indicó. —Entonces sabe lo que le voy a preguntar. Es posible que usted la mire y piense: ¿Cómo pude sobrevivir a los cuatro años? ¿Qué hizo para lograrlo? —Solo fue obra del Señor, pienso. Una cosa sobre los niños del Tercer Mundo es que ellos no tienen las comodidades de las que disfrutan nuestros nietos. Muchos de ellos no alcanzan al grado de nutrición que poseen los nuestros. Con frecuencia tienen que arreglárselas solos desde que son pequeñitos. Mi madre tenía que trabajar duro en los campos de arroz, de modo que no estaba allí cuando la necesitaba. Sin embargo, aunque resulte increíble, eso fue una bendición. Yo ya era un poco autosuficiente.
Langostas y ratones de campo
Pensé en el abundante alimento que se sirve ante Penélope tres veces al día y cómo ella, tal como lo hacen muchos niños en edad preescolar, picotea un poco aquí y otro poco allá sin mayor interés. —¿Cómo se las arreglaba para comer? —le pregunté a Stephanie. —La verdad es que, excepto en el invierno, allí la comida abundaba —me dijo—. Podía robar lo que se me antojara. Había campos de árboles frutales, hortalizas y arroz. Mientras no me pillaran, el alimento no me faltaba. Una vez seguí a un grupo de niños desamparados. Cuando llegó la noche, se arrastraron sobre sus panzas y de esa manera se escurrieron dentro un campo de melones. Pensé: Yo puedo hacer eso. Así que hubo un tiempo en que cada noche esperaba que el guarda se durmiera para arrastrarme sobre la panza y entrar a recoger cuanto quisiera. »Además, en los campos de arroz había gran cantidad de saltamontes y langostas. Yo los cazaba e introducía una paja de arroz a través de sus cabezas hasta formar una larga cadena de ellos, la cual ataba a mi cinturón. Al final del día ya estaban prácticamente secos y me los comía. También cazaba ratones de campo. Todos los días acostumbraban salir por el mismo agujero a la misma hora. Aprendí a ser muy, muy paciente. Cuando asomaban la cabeza, los agarraba rápidamente antes de que pudieran regresar a su escondite. De estos ratones me comía casi todo: la piel, las orejas, la cola». —¿Y cómo se las arreglaba durante el invierno? Debe de haber sido un tiempo difícil para usted —pregunté. —Sí, hacía mucho frío y no tenía un lugar a dónde ir ni tampoco comida. En realidad, pude haber muerto aquel primer invierno. No sé cómo pude sobrevivir, aunque recuerdo que encontré una especie de madriguera al parecer de un zorro que usé para vivir. Reuní paja de los campos de arroz, la traje a aquella cueva y preparé una especie de cama. Cuando todo el mundo estaba durmiendo, salía e iba a la aldea y robaba lo que podía para comer. En los países del Tercer Mundo los niños de la calle crecen bastante rápido. Yo aprendí muy pronto a adaptarme. En mi andar sin rumbo cualquier cosa era un tesoro. Una lata de estaño lanzada al suelo por un soldado que iba en un camión se transformó en una especie de recipiente para beber y hervir el agua. Encontraba clavos y los ponía en los rieles para que el tren al pasar los aplanara y así se convertían en utensilios. Los usaba para quitarles las tripas a los ratones que cazaba. —¿Se había percatado de su existencia la gente de la aldea? —¡Oh, sí! De vez en cuando una señora de buen corazón dejaba su cocina abierta para que yo entrara; entonces me arrollaba en el piso sucio y podía dormir muy bien aprovechando el calor de la estufa. Esas cosas eran respuestas a mis oraciones, porque si no hubiera permanecido temblando toda la noche en mi madriguera. —Dijo que la gente se burlaba de usted. ¿Cómo era eso? —Aquello era constante. Los niños se burlaban de mí porque era birracial y los campesinos me ahuyentaban a gritos porque les estaba robando. Para todos, era una tuigi inmunda. Y cuando uno es una niña y oye a los demás llamarte así día tras día, empieza a creer que lo es. Yo pensaba que nadie podía causarme daño físicamente, porque no era una persona. No valía nada. Andaba sucia. Era una inmunda. No tenía ni hogar ni familia. No tenía identidad. No tenía ni futuro ni esperanza. Con el tiempo, empecé a odiarme. »Había ocasiones en que iba detrás de un grupo de niños desamparados. A veces me dejaban mezclarme con ellos y en otras oportunidades tenía miedo de que me hicieran algo malo. Uno nunca sabe. Así que me volví extremadamente cautelosa. Muy desconfiada. Sin embargo, la niña que había en mí deseaba permanecer con la gente. Siempre esperaba que alguien me dijera: “Quiero que seas mi amiga. Puedes ser una de nosotros”». —Emocionalmente, ¿cómo fue eso para usted? —Mi preocupación era la supervivencia. Lloraba cuando abusaban de mí. Clamaba por misericordia. Me enfurecía. Podía gritar y patear. Muy pronto aprendí palabrotas. Los primeros días o semanas llamaba a mi mamá. Siempre andaba buscando la forma de regresar a ella. Pensaba que podría estar en la siguiente colina, o a la vuelta de la esquina. Si veía una aldea desde lejos, pensaba: ese es mi pueblo. Y corría hacia allá. »Sin embargo, nunca era mi pueblo».
El pozo y la noria
—Usted habló de abuso. ¿Significa eso que fue víctima de la gente? —Una vez que los campesinos me sorprendieron robando, me echaron a una cisterna abandonada, como un pozo, esperando que muriera allí. Me aterroricé, porque no sabía nadar. Había agua en el fondo, pero en medio de mi desesperación di con un pedazo de roca que sobresalía de la pared del pozo, de modo que trepé a ella aunque seguía sentada en el agua. Recuerdo que gritaba y mi voz volvía a mí en forma de eco, pero nadie vino a rescatarme. Así que me dije: “Bueno, vas a morir aquí”. Y en cierto sentido esa idea no me intranquilizó. Más bien pensé: “Si me rindo, podré morir”. »Finalmente, al anochecer, escuché una voz que parecía provenir de una anciana. Me llamaba: “¡Niña! ¡Niña! ¿Estás ahí?”. Yo grité: “¡Sí, aquí estoy!”. Ella entonces bajó un cubo. Estaba oscuro adentro y me costaba ver, pero podía oír el metal golpeando contra las piedras. Cuando chocó contra mi cuerpo, me trepé a él lo mejor que pude. Ella empezó a subirlo: clang, clang, clang. Aun hoy puedo oír ese sonido. Al llegar arriba, la anciana me tomó de los brazos y me llevó a un establo de bueyes, me cubrió con paja para que me diera calor y me trajo algo de comida. »A pesar de que ya antes me habían maltratado, esta vez me di cuenta de que me podrían matar. Y pensé: ¿Soy tan mala para que la gente quiera matarme? ¿Por qué no puedo ser como los demás niños que tienen una mamá y un papá?». —¿Le dijo algo la anciana que la rescató? —Me dijo: “Esta gente te va a causar daño. No obstante, es muy, muy importante que vivas”. Ahora que soy una persona adulta y miro hacia atrás, creo que aquellas palabras fueron proféticas. Como niña, recuerdo que pensé que esa anciana me había dicho eso porque conocía a mi mamá. Creí que me estaba queriendo decir que si a la mañana siguiente me levantaba y salía de la aldea y me dirigía a lo alto de una montaña, encontraría a mi mamá. »En otra ocasión, también me sorprendieron robando comida. Recuerdo a un hombre agarrándome por la parte de atrás del cuello a la vez que me llamaba tuigi y decía: “Tenemos que deshacernos de ella”. Y otros hombres que estaban con él se mostraron de acuerdo y respondieron: “Sí. Deshagámonos de ella. No es más que una amenaza. Atémosla a la rueda de la noria”. Y así lo hicieron. Me agarraron de pies y hombros, me llevaron a la rueda de la noria y me ataron con el rostro mirando al cielo. Si cierro los ojos, todavía recuerdo las formaciones de nubes que vi. Y recuerdo los gritos que daba. Y mis pies y mis piernas siendo estirados. Recuerdo cómo me sumergía en el agua. Y los guijarros y la arena metiéndose por mi nariz y boca. Cuando me subieron iba vomitando agua y arena, gritando y diciendo palabrotas. Pude sentir el sabor de la sangre. Mis ojos estaban hinchados… y de repente, la rueda de la noria se detuvo. »Sentí una mano sobre mí y una voz que decía: “Está bien. Te voy a sacar de la rueda. No te resistas”. Y así lo hizo. Me sacó de la rueda y me depositó en el suelo. Mis ojos estaban tan hinchados que no podía ver al hombre, pero sí recuerdo que vestía de blanco. En aquellos tiempos, muchos abuelos en Corea usaban vestimenta blanca. Sacó un pañuelo, me limpió lo mejor que pudo y me dio a beber agua. »Luego dijo las mismas palabras que me había dicho la anciana: “Esta gente quiere hacerte daño. Tienes que irte, porque debes vivir, niña. Es muy importante. Escúchame: necesitas vivir”».
De un montón de basura a la esperanza
Stephanie siguió luchando y sobreviviendo, dirigiéndose finalmente a Daejeon, una de las ciudades más importantes de Corea del Sur. —Un joven se dirigió a mí, me llamó tuigi y me dijo: “¿Eres nueva aquí?”. “Sí”, le indiqué, “soy nueva aquí”. Él me preguntó: “¿Necesitas un lugar donde quedarte?”. Nadie me había dicho que me quedara con ellos. “Sí”, le contesté. “Muy bien”, me dijo él, “sígueme”. »Un río corría por el medio de la ciudad, y sus riveras se habían convertido en una aldea para niños. Había cientos de huérfanos a ambos lados. Él era un líder de una pequeña pandilla que lo supervisaba todo, y me dejó ser parte de ella. Los primeros días fueron maravillosos. Cuando conseguían comida, me daban algo. Tenían frazadas que compartían conmigo. Hacían fogatas y contaban historias populares, y en el momento que llegaba la hora de dormir, lo hacía junto a este muchacho y los demás niños. »Sin embargo, después de unos pocos días todo se echó a perder. Me di cuenta de que no era más que un juguete para ellos. Yo solo tenía siete años. Sabía que lo que sucedía estaba mal. No se trataba de una sola persona, sino de varias, pero en mi pequeña mente supuse que eso debía pasarle a todo el mundo. Eso es lo que tienes que hacer para pertenecer a una familia. No fui capaz de percibir todo el horror que esto implicaba. »No recuerdo cuánto tiempo estuve con ellos, pero una epidemia de cólera azotó a Corea del Sur y yo me puse muy, muy enferma. Cuando alguien se contagia de cólera, pierde peso, tiene fiebre alta y delira. Pensé: Tengo que salir de aquí. Voy a volver al campo donde el aire es mejor y puedo conseguir comida fresca. Todo va a estar bien. »Un día en que me encontraba caminando por un callejón oscuro vi a otra niña que posiblemente también estaba enferma de cólera tirada en una alcantarilla abierta. Me acerqué a ella. Estaba llorando. No sabía cuán enfermas estábamos, pero pensé: Esta niña tiene hambre, igual que yo. Voy a salir a robar un poco de comida. »Me fui con ella, pero de nuevo los campesinos nos atraparon. Nos llevaron a un edificio que había sido bombardeado durante la guerra. Ahora bien, nuestros compañeros de la calle nos habían hablado de aquel edificio. En el lugar junto a la rivera donde vivíamos había una gran cantidad de ratas de alcantarilla. Llegaban al río por montones. Nosotros les teníamos miedo, pero como estábamos todos juntos no nos molestaban. Sin embargo, este edificio era su territorio y nosotros nunca entraríamos allí de buena gana. Con todo, los hombres que nos habían atrapado robando comida nos echaron adentro. Recuerdo que agarré a la niña enferma y que gritaba, pero es lo último que recuerdo». —Y a partir de ahí, ¿qué es lo siguiente que recuerda? —Que abrí los ojos y los clavé en unos ojos azules que me estaban mirando. —¿Ojos azules? ¿A quién pertenecían? —Más tarde supe que su nombre era Iris Eriksson, una enfermera sueca perteneciente a World Vision [Visión Mundial]. Su trabajo era recoger bebés de las calles, pues en aquel tiempo los niños se abandonaban a diestra y siniestra, principalmente porque Corea todavía estaba tratando de sobrevivir a la guerra, y si alguien tenía más bebés de los que podía alimentar, solo los abandonaba. Ella se llevaba a los bebés más pequeños, no a los que eran mayorcitos como yo, porque estos tenían más posibilidades de sobrevivir o ser adoptados, así como menos probabilidades de confrontar problemas debido al mal comportamiento. —Usted dijo que tenía siete años, ¿verdad? ¿Qué pasó después? —Esta es la historia que me contaron luego. La señorita Eriksson me encontró en un montón de basura y comprendió que yo estaba más muerta que viva. Sintió pena por mí, pero por mi edad no calificaba para que me llevara a la clínica de World Vision. Así que se levantó y se fue. Sin embargo, en ese momento ocurrieron dos cosas que la hicieron cambiar de opinión. Antes de continuar debo decir que la señorita Eriksson era una mujer luterana muy tranquila y reservada en su fe, de modo que lo que sigue no es típico en alguien como ella. —¿Qué sucedió? —Cuando quiso irse y empezó a caminar, notó sus piernas tan pesadas que casi no las podía mover. No sabía lo que estaba pasando. Y cuando trataba de explicárselo, oyó una voz audible. Mi rostro debió mostrar una expresión de sorpresa, porque Stephanie soltó una carcajada antes de proseguir: —Había que estar allí para escuchar lo que decía. La señorita Eriksson contó: “Oí una voz en mi lengua nativa que dijo solo tres palabras: ella es mía”. Se quedó pasmada, para decir lo menos. —¿No había nadie cerca? —Ni un alma. Ella agregó: “Sabía que era Dios, y sabía que tenía que responderle”. Así que lo hizo. Me levantó de donde estaba y me llevó a la clínica. Allí permanecí por algunas semanas y luego, cuando estaba lo suficiente recuperada, me transfirió al orfanato de World Vision en la ciudad. »La señorita Eriksson… ¿cómo decirlo? En cierto sentido, ella fue mi salvadora antes de Jesús».
Un hombre como Goliat
El orfanato era una casa, pero difícilmente un hogar. Las condiciones resultaban primitivas: instalaciones sanitarias al aire libre, esteras por camas y cientos de niños reclamando atención. —Yo era una de las mayores allí —prosiguió Stephanie—. Mi trabajo consistía en cuidar a los bebés: lavar pañales, tender pañales, doblar pañales, cambiar a los bebés, ponérmelos en las espaldas mientras estaba trabajando. Amaba a esos bebés. Amor era una palabra que no había oído a lo largo del relato de Stephanie. —¿El hecho de establecer una relación con ellos significó una nueva emoción para usted? —Definitivamente. Cuando llegaba a la sección de bebés, todos me tendían sus brazos, queriendo que los alzara. Me sentía amada. Los empleados no tenían tiempo suficiente para todos, así que yo les cantaba, los cargaba e iba con ellos de aquí para allá. Y entonces, de vez en cuando, un bebé desaparecía. —¿Desaparecía? —Sí. Y cuando preguntaba dónde estaba ese bebé, me respondían diciendo que se había ido a América. —¡Oh, ya veo! Lo habían adoptado. —Bueno, la verdad es que yo no sabía qué era una adopción. Sin embargo, pronto aprendí que cuando decían que un bebé se había ido a América se estaba hablando de algo bueno. Un día, el director dijo que una pareja de Estados Unidos iba a llegar para adoptar a un bebé. De inmediato empecé a trabajar a fin de tener todo listo para cuando llegaran: los peiné, los bañé, pellizqué sus cachetes y les puse los mejores trapos que pude encontrar. »Al día siguiente, alguien llamó a la puerta. Un empleado fue a abrir y pareció como si estuviera entrando el señor Goliat. No solo se trataba de alguien altísimo, sino muy macizo. Por aquella época en Corea las únicas personas corpulentas eran los ricos, así que imaginé que ese señor debería ser el hombre más rico sobre la faz de la tierra. Caminando a su lado venía la señora Goliat, que era mucho más pequeña. »Hablaban inglés y se hacían entender con la ayuda de un intérprete. Las cunas se alineaban a lo largo del pasillo, y pude ver cómo el señor
Goliat tomaba a un bebé y lo alzaba hasta colocarlo junto a su rostro». El semblante de Stephanie se iluminó al recordar este episodio. —Estaba impresionadísima observando lo que hacía. No creo que hubiera visto antes a un hombre alzando así a un bebé. Cuando lo tuvo a la altura de su rostro, lo atrajo hacia su mejilla y comenzó a hablarle y besarlo, lo cual provocó que me sintiera conmovida. Luego el señor Goliat dejó al bebé en su cunita, tomó a otro e hizo lo mismo. Sin darme cuenta, me había acercado bastante a él. La curiosidad me abrumaba. »Él colocó al segundo bebé debajo de su barbilla y entonces lo miré a los ojos… el señor Goliat estaba llorando. Mi corazón empezó a latir con fuerza: pump, pump, pump, pump. Sabía que lo que estaba ocurriendo era bueno. Algo dentro de mí me decía: Esto es bueno. Puso al bebé en su cuna e hizo lo mismo con un tercero. Y mientras sostenía a este tercer bebé en sus brazos, me miró con el rabillo del ojo. Actuó del mismo modo: le habló al bebé, lo besó y lo dejó en su cunita. Y luego se volvió hacia mí. Yo empecé entonces a retroceder». —¿Qué cree que estaba viendo cuando se volvió a mirarla? —Aunque ya tenía casi nueve años de edad y había estado en el orfanato durante dos años, todavía mostraba suciedad en mi cuerpo, especialmente en mis codos y rodillas, pues se había impregnado a mi piel. Había tenido tantos piojos que mi cabeza se veía realmente blanca. Los gusanos que poblaban mi estómago eran tantos que subían hasta mi garganta cuando tenían hambre. Tenía un ojo vago que daba una especie de giro en su cuenca. No podía ver muy bien, seguramente debido a la malnutrición. Mi rostro carecía de expresión. No alcanzaba a pesar treinta libras. Era solo huesos y piel. Había tenido furúnculos por todo el cuerpo y mostraba cicatrices en la cara. »Y aun así, el señor Goliat se acercó a mí. Se agachó todo cuanto pudo y me miró directo a los ojos. Extendió su enorme mano y la posó sobre mi cara, justo así —dijo Stephanie, cerrando sus ojos mientras con toda delicadeza ella misma demostraba el gesto—. Su mano cubrió mi cabeza. ¡Aquello me hizo sentir tan bien! Y luego comenzó a prodigarme caricias en el rostro». Yo estaba hechizado. Esta era la imagen de la gracia que había venido buscando: un aspirante a padre brindándole una aceptación incondicional a una niña que no tenía absolutamente nada que ofrecer, ni recompensas ni logros, solo ella con toda su vulnerabilidad, sus cicatrices y sus debilidades. Mis ojos se humedecieron. Este es el amor de un papá. Tal vez —solo tal vez— este es el amor de un Padre.
La ventana se cierra de golpe
—Entonces ocurrió algo increíble. Esa mano en mi cara me hacía sentir tan bien —continuó contándome Stephanie—, que por dentro me estaba diciendo: ¡Mantenga su mano en mi rostro; no la quite, por favor! Sin embargo, nadie se había acercado a mí de esa forma antes, y la verdad es que no sabía cómo reaccionar. —¿Qué hizo entonces? Sus ojos se abrieron como si todavía estuviera asombrada por lo que había hecho. —Aparté violentamente su mano de mi rostro, lo miré a los ojos… y lo escupí. Lo escupí dos veces, y luego salí corriendo y me refugié en un armario. ¿Lo escupió? Mi mente daba vueltas. La gracia le había abierto una ventana de oportunidades —una posibilidad de esperanza, seguridad y un futuro— y ella la había cerrado de golpe. —¿Cómo? —le pregunté—. ¿Cómo pudo hacer eso? No obstante, mientras ella trataba de encontrar una explicación, mi mente me hizo recordar las veces que yo había quitado de mi rostro la mano de Dios cuando él había intentado acercarse a mí en aquellos días de rebeldía y escepticismo. En una ocasión, cuando era un niño, un maestro de la Escuela Dominical me quiso hablar del amor de Dios. Me sentía atraído hacia la fe, pero incómodo con mis emociones, así que aparté bruscamente la mano de Dios. En otro momento durante la boda de un amigo, cuando el pastor habló con poder sobre la edificación de un matrimonio alrededor de Cristo, me sentí intrigado, pero rápidamente las preocupaciones por mi carrera apagaron mi curiosidad espiritual. O la vez en que desesperado le pedí a Dios que aunque no creía en él, sanara a nuestra hija recién nacida de una misteriosa enfermedad que amenazaba con quitarle la vida. De repente —de algún modo inexplicable— la pequeña se recuperó totalmente, pero con la misma rapidez me olvidé de la oración, atribuyéndole la sanidad a un milagro de la medicina moderna, a pesar de que los médicos no tenían forma de explicar lo que había ocurrido. Más de una vez, tuve que admitirlo, había dejado que la ventana de la oportunidad espiritual se cerrara, primero lentamente… ¡y luego de golpe! Para Stephanie, en muchos sentidos, este pudo haber sido el final de su historia. Sin embargo, y de forma increíble, el señor Goliat y su esposa demostraron ser persistentes. A pesar de su rechazo inicial, siguieron persiguiéndola. Al día siguiente, volvieron al orfanato. —Me llamaron a la oficina del director, y al entrar me encontré con la pareja de extranjeros —continuó Stephanie—. Yo pensaba: ¡Ahora sí que estoy en un problema serio! Seguramente me van a aplicar un castigo por lo que hice ayer. Me darán una paliza. Sin embargo, el intérprete, señalando al señor Goliat y su esposa, a aquellos extraños, a esos extranjeros que tenían un corazón tan sensible que habían llorado ante aquellos niños, dijo: “Quieren llevarte con ellos a su hogar”. Lo que me sorprendió fue que esta pareja pudo haber escogido sin ningún problema a un bebé más sumiso, quizás el que primero habían considerado adoptar, alguien sin el bagaje emocional y las dolencias físicas de esta recalcitrante niña de la calle, alguien que no hubiera sufrido los efectos de años de privaciones y abusos, alguien que no demandara tanto sacrificio a los padres. Nadie los habría podido culpar. Nadie habría pensado mal de ellos. No obstante, David y Judy Merwin, misioneros recién llegados de Estados Unidos, inesperadamente dijeron ese día: Esta es la niña que queremos. —En aquel momento, no me di cuenta de que me estaban adoptando —siguió diciendo Stephanie—. Pensé que quizás me convertiría en su sirvienta. Esto era, básicamente, lo que ocurría en Corea. Cuando una niña o un niño llegaban a cierta edad, se les vendía a los ricos en calidad de siervos. Un siervo, sí. Ella podría adaptarse a esa idea. Podría pagarles por su amabilidad, podría trabajar para saldar la deuda que hubiera contraído, podría compensarlos por el riesgo que habían corrido con ella, podría ganar para pagarse un cuarto y su comida. Transformarse en una sirvienta era la única idea que le venía a la mente ante su situación. Una reacción bastante comprensible, por lo demás.
«No hay palabras»
Los Merwin esperaban adoptar a un niño y ponerle por nombre Stephen, por lo que le dieron a su nueva niña el nombre de Stephanie. Su casa en Corea, modesta para los estándares occidentales, a ella le pareció enorme. —Nunca había visto un refrigerador, un inodoro, una cama. Pensé: Será entretenido trabajar aquí. Hasta huevos tenían, los cuales solo los coreanos ricos podían proveerse. Me asearon, me administraron antibióticos y me devolvieron la salud. Me siguieron alimentando, me dieron una cama, me compraron ropa nueva, pero nunca me pusieron a trabajar. —¿Eso la confundió? —Sí. Me preguntaba por qué no me ponían a trabajar después de varios meses, pero tenía miedo de tocar el tema con ellos. Cuando íbamos al pueblo, todo el mundo me trataba como si fuera alguien maravilloso. No podía entenderlo. Había sido una tuigi, pero ahora me trataban como a una princesa. »Hasta que un día, una niña me dijo: “Hueles como norteamericana”. Yo le dije: “¿Qué quieres decir con eso?”. Ella me respondió: “Hueles como queso”. Los niños coreanos siempre decían que los extranjeros olían como queso. Yo le aseguré: “No. No soy norteamericana, pero estos norteamericanos son muy divertidos. Todavía no me ponen a trabajar. Me tratan muy bien”. »Ella me miró con una expresión de sorpresa y me dijo: “Stephanie, ¿no te has dado cuenta de que tú eres su hija?”. Esa idea nunca se me había ocurrido, así que le respondí: “¡Yo no soy su hija!”. Sin embargo, ella insistió: “¡Sí que lo eres! Tú… eres… su… hija”. »¡Me quedé estupefacta! Salí corriendo de la habitación donde nos encontrábamos, subí la colina y me dirigí a casa mientras pensaba: ¡Soy su hija, soy su hija, soy su hija. Por eso es que me han tratado así. Por eso es que no me pegan. Por eso es que nadie me dice tuigi. Soy su hija! »Encontré a mi mamá sentada en una mecedora. Le dije en coreano: “¡Soy su hija!”. Ella todavía no había aprendido el coreano, pero una empleada de la casa le explicó: “Ella está diciendo que es su hija”. Al oír eso, las lágrimas empezaron a correr por las mejillas de mi mamá. Ella asintió y me dijo: “¡Sí, Stephanie, tú eres mi hija!”». —¿Cómo se sintió? Stephanie había venido hablando con mucho aplomo sobre su vida: maltratos inconcebibles, sufrimientos, abandono, rechazo, humillaciones y dolor. No obstante, ahora la noté perturbada. Las palabras no le salían. —Era… —intentó comenzar, luego se detuvo, y alzó las manos—. No tengo palabras, Lee. Sencillamente, no tengo palabras. A veces el lenguaje no puede contener la gracia.
Y entonces, Jesús
—Sus padres adoptivos le mostraron mucho amor, ¿verdad? —le dije—. ¿La llevó eso a Jesús? ¿Cómo llegó a ser cristiana? —Estábamos en una playa en Corea, y mi papá me preguntó si quería bautizarme. Yo le respondí: “Claro que sí. Vamos al océano”. Y entonces mi papá me bautizó. —¿Tenía usted la fe suficiente como para llegar al bautismo o fue simplemente un intento de complacer a sus padres? —Yo amaba al Señor tanto como era capaz de hacerlo, pero interiormente seguía teniendo muchas heridas y dolor. Mi problema era que tenía miedo de que la gente se diera cuenta de mi dolor. Si mi mamá y mi papá percibían mi aflicción, pensé que podrían devolverme al orfanato. Si mi profesora me veía triste, podría decírselo a mis padres. Si mis amigos me veían sufriendo, se lo podrían decir también a mis padres. No quería que nadie supiera de mis días cuando era una niña de la calle. Tenía miedo de que me rechazaran. Esa sensación se mantuvo hasta que cumplí los diecisiete. —¿Qué ocurrió después de los diecisiete? —Fuimos a vivir a un pueblo de Indiana donde mi padre era pastor. Yo hacía todo lo que podía para negar mi herencia coreana. En la secundaria era la única asiática, pero quería ser la perfecta joven norteamericana. Aunque era la reina de las fiestas y había ganado el premio de la ciudadanía, cada noche me iba a la cama temiendo morir si se me llegaban a descubrir y perdía el amor de mis padres. El verano antes de cumplir los diecisiete, estaba malhumorada, irritable y retraída. Al verme así, mi mamá me confrontó con toda dulzura. Sin embargo, yo me metí en mi cuarto, cerré la puerta y me miré en el espejo. Me sentí como si no fuera más que una tuigi, un montón de basura. Me oculté debajo de las sábanas. Un par de minutos más tarde, mi papá abrió la puerta y escuché que llamaba con toda dulzura: “¿Stephanie?”. Vino y se sentó en el borde de la cama mientras me decía: “Tu madre y yo queremos que sepas que te amamos, pero pareciera que te está costando aceptar ese amor. Ha llegado el momento de entregarle esto a Dios”. »Ahora bien. Yo era hija de un pastor, de modo que se supone que conocía la Biblia, ¿verdad? No obstante, mi papá la conocía mejor. Me dijo: “Stephanie, ¿quieres que hablemos de Jesús?”. Yo lo miré y le contesté: “Por supuesto”. Entonces me pidió que pensara que Jesús sabía cómo me sentía y que él era el único que me podía ayudar. Dicho eso, se puso de pie y se fue, dejándome sola. »Hasta ese momento, solo había visto a Jesús como el Hijo de Dios. Sabía que había venido a la tierra, pero esa noche por primera vez me di cuenta de algo: Él me entendía. ¡Jesús había estado en mis zapatos! De alguna manera, él también era una suerte de tuigi. ¿Sabe una cosa? Su papá, su padre terrenal, no era su verdadero padre. Su cuna estaba hecha de paja. Lo ridiculizaron y abusaron de él. Lo persiguieron y quisieron matarlo. »Algo estaba despertando en mí. Oh, a eso se refiere mi papá cuando dice que Jesús me entiende. Después que mi papá se fuera, oré, pero mi oración no resultó muy agradable. Dije: “¡Dios, si tú eres quien mi mamá y mi papá dicen que eres, entonces haz algo, y hazlo ya!”. Y lo hizo». —¿Qué fue lo que hizo? —Empecé a llorar. Hacía años que no lloraba. No había sido capaz de hacerlo. En el proceso de ser objeto de abusos y burlas, me di cuenta de que mientras más lloraba, más grande era el dolor que experimentaba. No obstante, esa noche algo frío y duro se quebró dentro de mí: una barrera entre Dios y yo. Finalmente, él me permitió derramar mis lágrimas. Y lloré sin poder parar. »Mis lamentos eran tan fuertes que mi mamá y mi papá acudieron a mi habitación. No dijeron nada. Yo no quería que me consolaran. Mi papá tomó mis pies y mi mamá mis manos y oraron en silencio al Señor. Y entonces tuve esta intervención sobrenatural. »De repente, comprendí algo: Jesús me conoce. ¡Y aún me ama! Él conoce todas mis vergüenzas, todas mis culpas, todos mis miedos, todas mis soledades… y aun así me ama. Desde esa noche, nunca fui la misma. »Antes de eso, cuando oía hablar del amor de Dios, siempre sentía que era un amor para otras personas. A mí no me podía amar. ¡Yo era un error! Él no podía amarme, pues había nacido en pecado. Él no podría amarme, porque era una birracial. Creía que se necesita cierto status en la vida para ser amado. Eso estaba tan arraigado en mí que después que fui adoptada y mis padres me hablaban del amor de Dios, seguía pensando: ¡Él no me puede amar a mí! A mí me violaron. ¡Él no me puede amar! Fui abusada. ¡Él no me puede amar a mí! Tengo dentro de mí esta rabia tan grande. ¡Él no me puede amar a mí! Mi papá dice que necesito perdonar y no quiero hacerlo. »Sin embargo, esa noche me di cuenta. ¡Él… me… ama a mí! Me ama tal como soy. Y eso me cambió, de adentro hacia afuera. Me tomó muchos, muchos años dejar a un lado ciertos patrones en mi vida y sanar. Por mucho tiempo me había odiado. El que por fin pudiera mirarme al espejo y amarme no fue otra cosa sino un gran milagro. Esto es la gracia de Dios. »Así que en estos días tengo una frase que uso. En lo que a mí respecta, puedo decir con toda honestidad que no hay cosa que me haya sucedido en la vida que no haya sido para bien. ¿Por qué? Porque todo en mi vida me trajo a Jesús». —Eso es tremendo, Stephanie, tomando en cuenta todo lo que ha tenido que pasar. —Tal vez sea así, pero eso es lo que vivo ahora. Aconsejo a muchas mujeres que han sido abusadas; de hecho, esto ocupa gran parte de mi ministerio en el día de hoy. Ellas están siempre esperando una resolución completa. Espero que eso ocurra al menos con algunas de ellas. Sinceramente lo espero. Pero en cuanto a mí, eso no va a ocurrir sino hasta que esté en el cielo. —Y cuando llegue allá —le dije—, ¿qué querrá preguntarle a Jesús? Stephanie se reclinó en su silla. Observó por la ventana para ver cómo el sol de la tarde desvanecía el gris de Oregon, y luego volvió a dirigir su mirada hacia mí. En su rostro se dibujaba una sonrisa apacible. —Algunas personas dicen que cuando lleguen al otro lado van a hacer toneladas de preguntas. Y no tengo objeción a eso. Pero yo ya no pienso así. Me he llegado a dar cuenta de que cuando esté al otro lado, no voy a tener necesidad de preguntar nada. Hice un movimiento de cabeza en señal de asentimiento. —Creo entenderla —le dije—. Sin embargo, su historia es tan diferente de la mía que no me puedo imaginar cómo es capaz de procesarlo todo. Tomó la taza de café que estaba en una mesita cerca de ella y bebió un sorbo. —Quizás tenemos más en común de lo que piensa —me dijo. No estaba seguro de lo que quería decir con eso. En una conversación anterior, en respuesta a sus preguntas acerca de mi trasfondo, había mencionado los factores que me motivaron a mi exploración de la gracia, pero no lograba ver la conexión a la que ella se estaba refiriendo. —La Biblia —explicó— habla de huérfanos, y a veces utiliza la expresión huérfano de padre. Parece que su padre lo protegió y proveyó para usted, y créame, eso es bueno. Debería estar agradecido por eso como estoy segura de que lo está. Pero aun así, una persona puede ser huérfana de corazón. Huérfano de corazón. Me estremecí. Sus palabras me impactaron. —Y es ahí donde Dios puede proveer. Es ahí donde la gracia se hace presente. Como dice el salmo: “Tú, Dios, eres el amparo del huérfano”.3
Adoptada por Dios
Al día siguiente, mientras volaba de regreso a Denver, me sentí como si hubiera contemplado los ojos de la gracia. Una vez desconfiada, insegura y anticipando lo peor, hoy la mirada de Stephanie era cálida, amable y serenamente confiada. Tan notable transformación tuvo lugar, primero porque un padre sacrificó su sueño de un hijo y se acercó a ella cuando era socialmente una intocable, y luego porque un Padre sacrificó a su Hijo para prodigarle un amor redentor y sanador. Ahora Stephanie dedica su vida a ofrecerle consejería a mujeres jóvenes quebrantadas, compartiendo con ellas su historia y culminándola con la más increíble de las declaraciones: Puedo decir sinceramente que no hay suceso en mi vida sin el cual estaría mejor. Por teléfono, le conté los detalles de nuestra conversación a mi viejo amigo Mark Mittelberg, y unos pocos días después nos reunimos para almorzar en un polvoriento café en el Front Range de Colorado. —¿Te acuerdas de esto? —me preguntó Mark, poniendo encima de la mesa un libro muy ajado. Lo cogí y sonreí. Era una edición de hacía cuarenta años del clásico del teólogo J. L. Parker, Conocer a Dios, un volumen lleno de ideas que había estudiado durante mi investigación inicial del cristianismo y que ha permanecido en mi biblioteca por décadas. —Claro que lo recuerdo —le dije mientras lo hojeaba. Tenía numerosas frases subrayadas y asteriscos en los márgenes—. Es decir, me acuerdo de que su lectura me aclaró una gran cantidad de conceptos, pero la verdad es que ahora no puedo recordar muchos en forma específica. ¿Por qué lo trajiste? —Por lo que me dijiste que habías hablado con Stephanie. ¿No te acuerdas? Uno de los puntos importantes de Parker es que la gracia no se puede apreciar plenamente aparte de la adopción. Aquí está, escucha esto —dijo al tiempo que tomaba el libro, buscaba la página y leía—. “Si usted quiere saber cuán bien una persona entiende el cristianismo, averigüe hasta dónde está consciente de la idea de ser un hijo de Dios, y tener a Dios como su Padre. Si este no es el pensamiento que impulsa y controla su adoración y sus oraciones, y toda su visión de la vida, esto significa que no entiende el cristianismo”. Dejó el libro y me dijo: —¿No lo ves? Tu vida ha sido una búsqueda de la gracia, y has visto esa imagen única en la vida de Stephanie. Ella ha sido adoptada dos veces, y en ambas la ha abrumado la gracia. Eso es lo que ha hecho eco en ti: su historia de haber encontrado el supremo amor de un Padre perfecto. Él tenía razón. Y en ese momento algo fue evidente para mí. Lo que realmente me cautiva sobre la gracia es que Dios no solo ha borrado los pecados por los cuales merecíamos el castigo, sino ha llegado a ser mi Padre amoroso y compasivo, cuya divina aceptación se apresura a llenar un corazón que dejó seco un papá terrenal. La verdad es que Dios pudo haber perdonado mi pasado y haberme dado la seguridad del cielo y aun así mantenerme alejado de él. Pudo haberme hecho un mero sirviente en la familia de su reino, e incluso aquello pudo haber sido más de lo que yo merecía. Sin embargo, su gracia es mucho más exagerada que eso. «Estar a cuentas con Dios el juez es una gran cosa», escribe Parker, «pero ser amado y cuidado por Dios el Padre es algo mucho más grande».5 Por supuesto, desde hace mucho tiempo he entendido la teología detrás de la adopción. Después de casi dos años de satisfacerme intelectualmente con respecto a que el cristianismo es la verdad, el último versículo que leí antes de rendir mi vida a Jesús fue Juan 1.12: «Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios». Hijos de Dios… sí, hacía tiempo que había entendido que la gracia de Dios nos invita a integrarnos a su familia eterna. Sin embargo, fue ese día, sentado en ese café, que la gracia de la adopción me golpeó de nuevo y la sentí muy dentro de mí. Las piezas del rompecabezas encajaban mejor que nunca. «Es como un cuento de hadas», escribió Parker. «El monarca reinante adopta a niños abandonados y hace de ellos príncipes, pero, gloria a Dios, la nuestra no es una fantasía; es un hecho concreto y sólido, fundado sobre la roca firme de la gracia libre y soberana. Esto, y nada menos que esto, es lo que significa la adopción. No es de extrañar que Juan clamara: “Mirad, cuál amor nos ha dado…”. Cuando usted entienda la adopción, su corazón dirá lo mismo».6 Me deleitaba imaginándome a Stephanie corriendo con alegría desbordante hacia su casa mientras iba diciendo: ¡Soy su hija, soy su hija, soy su hija! Por eso es que me han tratado así. Por eso es que no me han pegado. Por eso es que nadie me ha vuelto a decir tuigi. ¡Soy su hija! Yo necesitaba desesperadamente absorber esta verdad de nuevo: estoy más allá del perdón. Soy más que un sirviente. He sido adoptado por un Padre cuyo amor es perfecto, cuya aceptación es incondicional, cuyo afecto nunca acaba y cuya generosidad no tiene límites. Un Padre que está de mi parte… para siempre. Por más que traté de controlarme en aquel café lleno de gente, una amplia sonrisa se dibujó en mi cara. No podía ocultar la celebración que tenía lugar dentro de mí. Una vez más, me encontré corriendo a Casa. ¡Soy su hijo, soy su hijo, soy su hijo! Por eso es que me ha tratado de esta manera. ¡Soy su hijo!
La gracia de Dios va más allá del perdón Nuestra comprensión del cristianismo no puede ser mejor que nuestro entendimiento de la adopción […] De todos los regalos de la gracia, la adopción es el más excelso. J. I. Packer
Libro: EL CASO DE LA GRACIA