Más cerca de lo que soñaste

Bentley Bishop salió del ascensor para quedar inmerso en un mar de actividades dirigidas exclusivamente a él. La primera voz que escuchó expresaba la urgencia de Eric, su productor.

 

- «Señor Bishop, he tratado de comunicarme con usted durante las últimas dos horas».

 

Eric temblaba de puro nerviosismo. No era muy alto y traía la ropa arrugada, la corbata suelta y los mismos zapatos que había usado durante el último año. Aunque apenas acababa de cumplir treinta años, la calvicie ya había arrasado casi con la mitad de su cabeza. Su estilo no era el último grito de la moda, pero su conocimiento y experiencia en los medios sí tenía mucho peso.

Eric leía la sociedad como un radar. Conocía a fondo la cultura: las novedades pasadas, las tendencias del mañana, a quiénes iban a seguir los adolescentes y las dietas de los ejecutivos. Resultado, sabía producir programas de opinión. Conocía los temas más interesantes y «calientes», así como a los mejores invitados, y Bentley Bishop estaba seguro de que su programa no corría peligro en manos de Eric. Tanto, que poco le importaba su tendencia a caer presa del pánico por el más mínimo contratiempo.

 

—Eric, nunca llevo teléfono al campo de golf. Tú lo sabes.

—¿No le avisaron los encargados que yo llamé?

—Sí, me informaron.

 

La maquilladora acababa de amarrar un delantal al cuello de Bishop.

 

—Dulzura, ¿hoy quedé bien bronceado? —le preguntó, examinándola de la cabeza a los pies. Era tan joven como para ser su hija, pero su mirada no fue nada paternal—. Por supuesto, el rubor de la cara es culpa tuya, Meagan. Verte siempre me hace sonrojar.

El coqueteo de Bishop asqueaba a todos menos a él mismo. El equipo de producción le había visto hacer lo mismo con una docena de otras chicas. Las dos recepcionistas intercambiaron miradas exasperadas. También a ellas solía hablarles con piropos y empalagos, pero últimamente se le antojaba juguetear con «la dulzura en los pantalones apretados», como le habían oído describirla.

Eric habría despedido a Meagan sin vacilar, pero no tenía la autoridad. Meagan habría renunciado sin mirar atrás, pero necesitaba el dinero.

 

—Señor Bishop —dijo Eric mientras miraba su reloj—. Tenemos un problema.

 

El anuncio se escuchó desde el otro lado del pasillo: «Quince minutos para salir al aire».

 

—Qué lío —bromeó Bishop mientras se quitaba el delantal de maquillaje—. Parece que tendremos que terminar esto después, nena.

 

Meagan aplicó un toque final de polvo a la mejilla y ofreció una sonrisa forzada.

 

—El doctor Allsup canceló —informó Eric mientras ambos se dirigían hacia el estudio.

—¿Qué?

—Por la situación del clima. Llamó desde el aeropuerto de Chicago.

—¿Hay problemas meteorológicos en el medio oeste?

—Sí, al parecer en Chicago.

 

Los dos se detuvieron a la mitad del pasillo y por primera vez, desde su llegada, Bishop prestó a Eric toda su atención. Al acercarse a su productor, la altura de Bishop se hizo notable y con su melena de pelo grueso y blanco se veía aun más alto. Al parecer, todos en Norteamérica reconocían esa mandíbula cuadrada y esas cejas de oruga. Veinte años de entrevistas vespertinas televisadas le habían elevado a estrella de la pantalla chica.

 

—¿Cuál es nuestro tema esta noche? —preguntó.

—Cómo sobrevivir el estrés.

—Muy apropiado. ¿Llamaste a algunos suplentes?

—Lo hice.

—¿El doctor Varner?

—Está enfermo.

—¿El doctor Chambers?

—Está fuera de la ciudad.

—¿Y aquellos dos que tuvimos el mes pasado que escribieron ese libro sobre técnicas de respiración?

—Respira bien, vive bien. Uno está resfriado, el otro no devolvió la llamada.

—Entonces, solo nos queda el rabino.

—Tampoco está disponible.

—¿El rabino Cohen? Él nunca sale de viaje. Ha sido nuestro invitado suplente durante diez años.

—Quince. Su hermana murió y tuvo que irse a Kansas.

—¿Con quién nos quedamos entonces? ¿Entrevistamos a un invitado por vía telefónica? Ya sabes que no me gusta hacer eso.

 

Ahora la voz de Bishop empezaba a sonar como un trueno y a Eric se le enrojeció la cara. El corredor del noveno piso en el edificio Burbank Plaza quedó en silencio. Todos seguían atareados, pero bastante callados. Nadie envidiaba a Eric en ese momento.

 

—Tampoco se puede hacer una entrevista a distancia, señor Bishop. El sistema dejó de funcionar.

—¿Qué?

—Por una descarga eléctrica durante la tormenta de anoche.

—¿Hubo tormenta anoche? —preguntó Bishop a todos los que pudieran escucharlo.

Eric se encogió de hombros.

—Logré una conexión para entrevistar al médico del presidente cuando descubrimos los problemas técnicos. No podemos recibir señales externas.

 

Hacía rato que la sonrisa había desaparecido de la cara de Bishop.

 

—No tenemos invitados y no hay señal externa, ¿por qué no me llamaste?

Eric sabía que le valía más abstenerse de contestar honestamente.

—¿Ya hay gente en el estudio?

—Está repleto. Vinieron a ver al doctor Allsup.

—¿Qué hacemos entonces? —demandó Bishop.

«¡Diez minutos!», dijo una voz.

—Tenemos un invitado —explicó Eric mientras se encaminaba despacio hacia la puerta del estudio—. Ya está en maquillaje.

—¿Dónde lo encontraste?

—Creo que él nos encontró a nosotros —ahora ambos caminaban con paso acelerado—. Me envió un mensaje electrónico hace una hora.

—¿Cómo consiguió nuestra dirección?

—No sé. Tampoco sé cómo se enteró de nuestro problema, pero está al tanto.

Eric sacó un pedazo de papel del bolsillo de su chaqueta.

—Me dijo que lamenta lo sucedido con Varner, Chambers, el clima en Chicago y la sobrecarga eléctrica de anoche, pero que no le había gustado el libro sobre la respiración. Al enterarse de nuestra precaria situación, se ofreció a participar en el programa.

—Eso no tiene sentido.

Eric abrió la puerta. Bishop entró sin perder de vista a Eric ni un instante.

—¿Ya lo dejaste entrar?

 

—En realidad, entró por iniciativa propia, pero hice varias llamadas y sé que está causando gran revuelo, sobre todo en los mercados secundarios.

Enseña ética en una escuela superior cerca de Birmingham, Alabama. Algunos líderes religiosos están preocupados por su popularidad, pero le gusta mucho a la gente común y corriente. Da conferencias en universidades y es popular en los banquetes. Habla mucho sobre cómo encontrar paz en el alma.

Ahora Bishop se encaminaba hacia el auditorio.

—A mí me vendría bien un poco de paz. Espero que este tipo sea bueno. ¿Cuál es su nombre?

—Jesse. Jesse Carpenter.

—Nunca lo he oído mencionar. Vamos a darle quince minutos.

Para la segunda mitad del programa, vuelve a pasar el segmento de novedades.

—Pero ya hicimos eso la semana pasada.

—La gente se olvida. Ve al cuarto de maquillaje para seguirle la pista a este carpintero.

Meagan podía ver su rostro y el de Jesse en el espejo. Más tarde le describiría como apuesto, aunque no para morirse por él. Traía una chaqueta de corduroy marrón con parches en los codos, pantalón color caqui y una corbata aceptable aunque olvidable. Se hacía la raya del pelo a un lado y parecía recién peinado en la peluquería. Meagan ató el delantal a su cuello y empezó con una conversación de cortesía, pero el hombre sonreía sin necesidad de que lo entretuvieran.

 

—¿Primera vez en el programa?

—Sí.

—¿Primera vez en la costa oeste?

—Se podría decir que sí.

Meagan aplicó una base a sus mejillas y luego se detuvo. Él la estaba mirando fijamente.

—¿Es indispensable hacer esto? —preguntó. No disfrutaba para nada la rutina.

—Esto evita que la cara le brille demasiado —le explicó.

Mientras le aplicaba el maquillaje, Jesse cerró sus ojos y después los abrió para mirarla, sin decir palabra. Meagan se preguntó qué estaría pensando. Cuando los hombres se quedaban mirándola, ella sabía qué tenían en mente. Probablemente es igual a los demás. Se puso detrás de la silla y le mojó el pelo con un rociador. Él cerró otra vez los ojos. Ella se miró en el espejo, sintiendo curiosidad por lo que él pensara de ella al ver su rosa tatuada en el cuello, su pelo negro estilizado y sus uñas brillantes. Se había amarrado la camiseta en la espalda para dejar expuesto su estómago. Un aspecto muy distante al que tuvo como directora de la orquesta de secundaria.

Su hermano mayor, que administraba la farmacia familiar en Missouri, siempre la llamaba para decirle: «No te vayas a poner un tatuaje, ¿me oyes? Y quítate esas arandelas de la nariz». Ella no le

prestaba atención.

En realidad no le importaba lo que él pensara. Después de todo, tenía veintiún años. ¿No puede una chica tener su propia vida?

—¿Arquitectura?

La pregunta de una sola palabra tomó a Meagan por sorpresa.

—¿Qué?

 

Jesse abrió los ojos y con ellos le guió a la bolsa abierta que estaba sobre el mostrador. Podía verse la portada de la revista Architectural Digest.

—Es como un interés secreto que tengo —explicó ella—. Quién sabe, algún día...

—¿Tienes otros secretos?

Meagan suspiró. ¡Qué clase de insinuación!

—Ninguno que necesite contarle —se encogió de hombros.

Los hombres nunca dejaban de asombrarla. La advertencia de su madre fue correcta: No importa qué tan bueno sea el mozuelo, primero echa la cuerda y después viene el anzuelo. Durante unos minutos ninguno habló palabra. Así le gustaba a Meagan. Ella encontraba seguridad en el silencio. En cambio, Jesse no había terminado.

—Bishop te exige bastante.

Meagan movió la cabeza.

—¿Fue esa una pregunta?

—No, solo la verdad.

—Él no es malo conmigo.

Meagan evadió el tema intencionalmente y esquivó los ojos de Jesse mientras le empolvaba la frente por última vez. El tono de Jesse fue solemne.

—Meagan, no dejes que se endurezca tu corazón. No fuiste creada para siempre reaccionar con los nervios de punta y estar tan a la defensiva.

Ella dejó caer sus manos y miró a Jesse, sintiéndose primero ofendida y de inmediato curiosa.

—¿Qué sabe usted de mí?

 

—Sé que eres una persona mejor de lo que pareces. También sé que no es demasiado tarde para que hagas un cambio. ¿Te has fijado en esa calle por la que estás caminando? Las casas se ven lindas por fuera, pero el camino no lleva a ninguna parte.

Ella empezó a elaborar alguna refutación, pero los ojos de él atraparon los suyos.

—Yo podría ayudarte, Meagan. De verdad que sí.

«Pues no necesito su ayuda», fueron las palabras que quiso decir, pero no las dijo. Él le ofreció una suave y reconfortante sonrisa.

Hubo otro momento de silencio, pero no fue incómodo. Tan solo silencio. Meagan sintió que se formaba una sonrisa en su rostro, como preparándose para responder algo, pero en ese momento...

«¡Cinco minutos!», gritó una voz del estudio. Meagan levantó la mirada y vio a Eric.

Meagan nunca veía el Programa de Bentley Bishop. Los primeros días había tratado, pero muy pronto se hartó de su sonrisa postiza y voz de animador de fiestas. Perdió todo interés en lo que la rodeaba y aunque había tratado de conversar con otros miembros del personal, ellos le echaban en cara la manera como había obtenido y conservado su empleo. Los veteranos del programa conformaban un club hermético y las chicas como Meagan no tenían posibilidad de ser acogidas.

«Cualquiera pensaría que soy leprosa», dijo entre dientes después de su último intento de entablar conversación.

Meagan siguió su diario ritual de limpiar el mostrador, sacar su revista de arquitectura y sentarse en la silla de maquillaje. Pero ese día, al tomar el control remoto para apagar el monitor del cuarto de maquillaje, vio a Jesse entrar al escenario.

El público aplaudió por cortesía. Miraron a Jesse saludar al anfitrión, tomar asiento y asentir a los presentes. Bishop dirigió su atención a las tarjetas guía que estaban sobre la mesa, cada una con alguna pregunta preparada por Eric. Las barajó y puso a rodar la bola.

—Cuéntenos de usted, señor Carpenter. Según tengo entendido es profesor en una universidad comunitaria.

—Sí, mayormente enseño clases nocturnas.

—¿En Alabama?

—Sí señor, en Sawgrass, Alabama.

—¿La gente de Sawgrass sabe cuál es el significado de la palabra estrés?

Jesse asintió con la cabeza.

Bishop continuó:

—Este es un mundo muy, muy difícil. La competencia es brutal y las exigencias bastante altas. Díganos, ¿cómo podemos manejar el estrés?

El profesor se acomodó mejor en la silla, unió los dedos de sus manos como haciendo una pelota imaginaria y empezó a hablar.

—El estrés es un síntoma de necesidades y anhelos más profundos. Queremos que nos acepten y al mismo tiempo hacer una diferencia. La aceptación y una vida de importancia son tan valiosas para nosotros que para tenerlas hacemos todo lo necesario: Nos endeudamos para comprar una casa, estiramos las tarjetas de crédito para comprar ropa... y así comenzamos la vida en una estera.

—¿Una estera?

 

—Efectivamente, gastamos mucha energía pero no llegamos a ninguna parte. Al final del día, o al final de la vida, ni siquiera hemos avanzado un solo paso. Estamos atascados.

—¿Qué podemos hacer al respecto?

—Lo que hacemos típicamente no funciona. Nos vamos de vacaciones, tomamos píldoras, lo arriesgamos todo en Las Vegas, nos aprovechamos de mujeres más jóvenes...

Jesse fijó la mirada en Bishop mientras hablaba, pero si este se dio por aludido lo disimuló muy bien.

Meagan sí captó el mensaje y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

—No funciona, señor Bishop. En mi tierra lo llamamos «sorber del pantano». En el pantano hay substancias que no estamos hechos para tomar.

Esta vez Jesse se dirigió a la cámara.

Por un instante Meagan sintió como si le hablara a ella, solo a ella. Como reflejo defensivo, enmudeció el volumen y solo le vio hablar.

Su participación en el programa no duró más de siete minutos.

Ella alcanzó a oír más tarde que Bishop y Eric habían quedado complacidos, y hasta interesados en solicitarle que volviera al programa.

Ella abrigaba la esperanza de que lo hicieran.

Jesse vio a Meagan por la ventana de una cafetería mientras exprimía limón en su vaso de agua. Observó por unos minutos. El restaurante tenía aspecto añejo, al estilo de los cincuenta, con aparadores para venta de sodas y mesas con bordes metálicos. Dos hombres en un asiento contiguo le dijeron algo, pero ella los ignoró. El mesero le ofreció un menú y ella dijo que no. Un automóvil rechinó al frenar y asustó con la bocina a un peatón despistado. Ella levantó la mirada, y en ese momento Meagan lo vio.

Jesse sonrió pero ella no, aunque tampoco desvió la mirada. Lo vio cruzar la calle angosta, entrar a la cafetería y dirigirse hacia su mesa. Le preguntó si podía sentarse y ella asintió. Mientras él hacía señas al mesero, Meagan notó que Jesse se veía cansado.

Él dijo muy poco mientras esperaba su café. Ella, al principio, habló todavía menos. No obstante, tras romper el hielo le contó toda su historia. En Missouri la dejó un novio. Se cansó de su familia.

Alguien le dijo que podía ganar dinero fácil haciendo comerciales. Huyó a la costa oeste. Se sometió a audición tras audición y rechazo tras rechazo. Finalmente decidió entrar a la escuela de cosmetología.

—Ni siquiera terminé el curso —confesó—. Me enteré de una oportunidad en el programa de Bentley Bishop. Fui a una entrevista y... —desvió la mirada— después de hacer lo que quiso, me contrató. Y ahora —dijo mientras le salía una lágrima—, estoy aquí. Pago el alquiler y no paso hambre. Tengo veintiún años de edad y ya aprendí a sobrevivir en Los Ángeles, como diría la canción del despecho. Pero estoy bien. Por lo menos eso es lo que me digo a mí misma.

El emparedado de Jesse llegó. Él le ofreció la mitad pero ella no quiso. Después de unos cuantos mordiscos, él se limpió los labios con una servilleta.

—Meagan, yo te conozco. He visto las manchas que dejan las lágrimas en las almohadas y te he visto recorrer las calles porque no podías dormir. Te conozco y sé que detestas aquello en lo que te

estás convirtiendo.

—Bueno —dijo Meagan mientras se tocaba el ojo con un nudillo del dedo—, si eres tan buen adivinador dime: ¿Dónde está Dios en medio de todo esto? Le he buscado durante mucho, mucho tiempo. —Con un aumento repentino en el volumen de su voz, empezó a enumerar con los dedos sus malas acciones—. Abandoné a mis padres, me acuesto con mi jefe, he pasado más tiempo en bares que en iglesias y estoy cansada, ¡harta de todo esto! —se mordió el labio y bajó la mirada.

Jesse se inclinó en la misma dirección y captó su atención. Ella levantó los ojos y lo vio sonriendo, lleno de energía. Como si fuera un profesor de álgebra mientras ella se esforzaba en sumar dos dígitos.

—¿Dónde está Dios en todo esto? —dijo para recalcar la pregunta de Meagan—. Más cerca de lo que jamás has soñado. —Tomó el vaso de ella y lo sostuvo en su mano—. Meagan, todos los que beban esta agua volverán a quedar sedientos. En cambio, yo te ofrezco una bebida diferente. Cualquiera que bebe el agua que yo doy jamás tendrá sed. Nunca más.

De nuevo, silencio.

Con un dedo Meagan hundió los cubos de hielo en el vaso, y finalmente preguntó:

—¿Nunca más?

—Jamás.

Ella miró hacia la calle, después volvió a fijarse en él, y con toda la honestidad que tenía preguntó:

—Dime, Jesse, ¿quién eres en realidad?

 

Su nuevo amigo se inclinó hacia adelante para responder y le dijo:

—Pensé que nunca lo preguntarías.

 

Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros.

— S a n t i ag o 4 . 8

 

Del libro: S e g u n da s o p o r t u n i da d e s – Max Lucado

Iniciar sesión

Quién está en línea

Hay 77 invitados y ningún miembro en línea